“No solo de pan vive el hombre” dice la biblia
y esto tiene una gran parte de verdad: la cultura es también el alimento
cotidiano que nos nutre desde la cuna.
Un área tan sensible, la de las
representaciones simbólicas, la de las tradiciones, la del imaginario social,
muchas veces es reflejo de lo que sucede en la sociedad.
La gestión en cultura también muchas veces
replica lo que un gobierno piensa o proyecta en la sociedad: la
espectacularidad de los eventos contrasta con el trabajo silencioso de formar
las bases de una cultura abarcativa.
El alejamiento de un funcionario de la
dirección de cultura local, el nombramiento de un lujanense en el museo
Udaondo, son algunas puntas concretas de un área dinámica en todos los niveles
de gobierno.
Parte del Aire de las políticas culturales, sus
debates, los puntos de vistas, requieren, necesariamente de la participación de
los trabajadores de la cultura.
La cultura la hacemos entre todos, se arraiga
en los barrios, brota desde las calles y se muestra sobre un escenario, sea el
Colón, el Trinidad Guevara o el acoplado municipal en el barrio más alejado del
centro.

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